Desterrado por voluntad propia y escapando virtualmente al nerviosismo propio de la vieja ciudad que tanto daño le había hecho... allí estaba él; Sumergido en otro de sus peculiares días de desidia y tedio; de alcohol barato y papel de plata; de soledad propia de quien la elige. En su rostro, muestras de preocupación y sorpresa, (propias de quien busca comprender la absurda realidad del hombre de su época). Bajo el brazo izquierdo, un periódico del día anterior que había tomado prestado del bar de la esquina; no parecía quererlo para leer las noticias; ya que siempre decía que en aquel país en el que le había tocado nacer, las nuevas de tres meses atrás, seguían siendo las mismas que las del día presente; lo que para él, demostraba la incompetencia de sus contemporáneos a la hora de resolver con solvencia cualquier tipo de problema público, por minúsculo que fuese. En su mano, tenía su habitual cartón de vino polvoroso (a menudo reciclado del contenedor del supermercado). Sus ojos llenos de pupila, observaban meticulosamente a un conglomerado de viandantes que deambulaban acelerados, como autómatas programados, de un lado al otro de la calle. Al mirar a aquellos seres, se percata de que sus rostros se delatan inquietantes. No puede evitar que sutjan las preguntas:
-¿no estarán cansados, de trotar ininterrumpidamente hacia destinos inciertos?
-¡La mirada es el espejo del alma!- Pensó para si...
-¿Cuál será la concepción de la realidad de esas personas?- Prosiguió redundante:
-¡Sus miradas están tristes!, entonces... ¿Porqué aparentan ser felices? ¿Tener seguridad, vitalidad, sentido, entusiasmo?- Al instante se acordó de una célebre cita de Madame Steele: "en esta vida, el ser humano debe elegir entre el aburrimiento y el sufrimiento". Sonrió orgulloso; no iba a dejar que cayesen en el olvido, las causas de sus convicciones, las mismas que le habían llevado a elegir su fatal destino. Pasado un rato y, manifestando un ebrio ritmo en sus pensamientos, dirigió de nuevo su lenta mirada hacia aquellos entes, cuyas inquietudes existenciales brillaban por su ausencia; y de nuevo... las preguntas:
-¿Serán conscientes de su levedad o de su finitud?¿Es posible que hubiesen encontrado un método para resistir al incuestionable, imparable y abismal despliegue del ser de las cosas mismas? -Su cara de escepticismo, demostraba sin quererlo, que ya se había respondido. Pasado un instante, se levantó dando tumbos (como un buen bohemio de parque y de cartones) y, tras una meada, reanudó sus ejercicios habituales de levantamiento de brick de tinto peleón, con los que siempre acababa regando aquel chándal indigente. Y así, ya casi balbuceando, se postró en el césped del parque (entre cagadas de perro, colillas de cigarro y cartones humedecidos) contemplando lascivamente, el hipnótico contoneo de nalgas que irradiaba aquella mulata de al lado...
-¡Eso sí que detiene el tiempo!...- Gritó titubeante. Pero no quiso apartarse de su tema de reflexión...
-¡Imposible!- (prosigue)
-En el caso de que estos entes hayan logrado crear un espacio donde no hubiese que preocuparse por el irremediable pasar del tiempo, la contingencia, la banalidad de la especie... debe ser necesariamente la creación de una fugaz y frágil barricada de papel; un mundo imaginario con el que crean resistir a su contingencia, a su insoportable levedad de ser. (Otro trago...)
-¿Cómo habrán llegado a esto?¿Cómo habrán sido capaces de mentirse a si mismos por no ser capaces de aceptar su simple y llana verdad existencial? ¡Tan extraño!; ¡Tan absurdo!; ¡Tan insustancial que, cualquier indicio de cordura, ahora es ridiculizado, sofocado, aplastado sin excepción por ese espectro masificador, al que han llamado Babilonia!.
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